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Mensaje para la Pascua 2016 – Arzobispo de Yucatán Mons. Gustavo Rodríguez Vega

MENSAJE PARA LA PASCUA 2016

“¡Aleluya! ¡El Señor ha Resucitado!” (Lc 24, 34)

 

Muy queridos hermanos y hermanas, en este domingo de Pascua quiero felicitarlos a todos y cada uno de ustedes. ¡Ésta es nuestra fiesta! Es la mayor de todas nuestras fiestas. De alguna manera puedo decirles que es nuestra única fiesta. No tendría sentido ninguna otra celebración cristiana sino celebráramos la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos.

Ésta fue la primera fiesta cristiana, ya que siglos después, vino la celebración de la Navidad y otros fiestas que se fueron incorporando poco a poco a lo largo de los siglos en la Iglesia. Celebrar todo el año litúrgico es rememorar todos los acontecimientos que tienen que ver con la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Cada Eucaristía es la Pascua de Cristo.

Los primeros cristianos se reunían la víspera del domingo, el sábado al atardecer, para celebrar la Resurrección del Señor. La Pascua era el único día en que se realizaban bautizos, de adultos, de pequeños, pero más bien de familias enteras. Cuando alguien se convertía, lo hacía con todos los de su casa. No se bautizaban tan fácilmente con una plática prebautismal sino que más bien todos los que iban a ser bautizados durante años se iban preparando poco a poco; y más que conocimientos intelectuales, se trataba de ir constatando que los candidatos cambiaban su vida asemejándose cada vez más a nuestro Señor Jesucristo, incorporándose a su cuerpo místico que es la Iglesia. Pasaban años de catecumenado para llegar a este sacramento, y en la última etapa, vivían la Cuaresma como una recta final de preparación. Llegó un momento en que toda la comunidad quiso acompañar a los catecúmenos viviendo la Cuaresma; y en la noche de Pascua, mientras unos se bautizaban, el resto de la comunidad renovaba su compromiso bautismal.

En esa misma noche se encendía el Cirio Pascual, signo de Cristo Resucitado que en medio de las tinieblas vino a iluminar a este mundo para compartirnos esa luz y para encendernos a nosotros en la misma fe. Por eso en la noche de Pascua todos hemos encendido nuestras velas tomando el fuego del Cirio. El día de nuestro bautismo, el sacerdote le entregó a nuestros papás y padrinos una vela encendida tomando el fuego del Cirio y nos dijo: “cuiden que no se apague la luz de la fe de este nuevo cristiano”. Otro signo se da cuando los sacerdotes rociamos a las comunidades con agua bendita en recuerdo de nuestro bautismo.

¡Liturgia hermosa, liturgia única! En la que escuchamos siete lecturas del Antiguo Testamento que bien han resumido toda la Historia de la Salvación antes de Cristo. Luego escuchamos una lectura del Nuevo Testamento donde el apóstol San Pablo proclama la alegría de la Resurrección, y finalmente, el Evangelio, la Buena Nueva de que Cristo ha resucitado.

La Pascua es primavera, vida nueva de la naturaleza, vida nueva a la que estamos llamados los cristianos. En las distintas misas de este tiempo escucharemos diversos pasajes del Evangelio pero todos referidos a lo mismo, a anunciar la Buena Nueva de la Resurrección.

Un pasaje nos hablará de las santas mujeres que venían de madrugada al sepulcro para terminar de embalsamar el cuerpo de Jesús. El viernes cuando el cuerpo del Señor fue bajado de la cruz, lo embalsamaron de una manera muy rápida por lo que tenían terminar su trabajo luego que pasara el descanso del sábado. Pero al llegar, su sorpresa fue que no estaban los soldados, la piedra había sido removida y el Señor no estaba en el sepulcro. La tumba estaba vacía (cfr. Lc 24, 1-12).

Otro pasaje nos recuerda que Magdalena, luego de encontrar el sepulcro vacío, corre a anunciarlo a los apóstoles (cfr. Jn 20, 1-9). Algunos no le creían, pero Pedro y Juan salieron corriendo del cenáculo y si dirigieron al sepulcro. Por su puesto que Juan, siendo mucho más joven que Pedro llegó primero pero por respeto se detuvo, asomándose solamente viendo que el Señor no estaba ahí. Esperó y le dio su lugar a Pedro, quien llegó y comprobó que Jesús no estaba. Y desde ahí ellos empezaron a entender todo lo que el Maestro les había anunciado de su muerte y resurrección.

Después Magdalena se queda llorando junto al sepulcro porque no ha encontrado a su Señor. Entonces unos ángeles la consuelan y la animan, viniendo después Jesús mismo, quien en forma de jardinero se le presenta: “Mujer, ¿por qué lloras? Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto.” Y el Señor le habla por su nombre: “¡María!” y ella responde: “¡Rabbuní! -que quiere decir Maestro-“. Se acercó a él feliz de verlo vivo y resucitado, diciéndole Jesús: “no me retengas, porque todavía no he subido a mi Padre; Ve y di a mis hermanos que voy con mi Padre que es el Padre de todos ustedes.” (cfr. Jn 20, 10-18).

Otros dos discípulos, no de los doce, sino de los setenta y dos; ya se habían desanimado y regresaban a su pueblo, yendo muy tristes en el camino hacia Emaús. El Señor resucitado se apareció caminando junto a ellos sin que lo reconocieran. Entonces les preguntó: “¿Qué es lo que vienen conversando por el camino?” y le preguntaron entristecidos “¿Eres tú el único en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?” y el les dijo: “¿Qué ha pasado?”. Y continuaron ellos diciéndole: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras… ¿no sabes que los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron? Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel.” Y Jesús empezó a instruirlos por el camino. Primero reprochándoles que no han podido aceptar a los profetas que ya anunciaban que era necesaria la Pasión del Mesías. Los discípulos le pidieron: “Quédate con nosotros” y dice el evangelio que entró para quedarse con ellos. Sentados a la mesa, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y ellos después de ver que pronunció la acción de gracias, lo reconocieron dándose cuenta que era el Señor resucitado; y ahí Jesús desapareció. Mirándose el uno al otro se dijeron: “Con razón nuestro corazón ardía mientras nos explicaba las Escrituras por el camino”. La Eucaristía es la que les revela la presencia del Resucitado. Cuando llegaron a Jerusalén, al entrar al cenáculo con los discípulos, todos hablaban de que verdaderamente el Señor había resucitado, y que se le había aparecido a Simón (cfr. Lc 24, 13-35).

Estando todos con las puertas cerradas dentro del cenáculo, Jesús resucitado apareció en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Los apóstoles se quedaron atónitos sin saber que decir ni qué hacer. El Resucitado les volvió a decir: “La paz esté con ustedes”. Soplando sobre ellos les dijo: “Como el Padre me envió, así también yo los envío… Reciban al Espíritu Santo. A quiénes perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quíenes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar.” (Jn 20, 19-23). Éste fue el gesto del Resucitado que los reconcilia con Él y les da su paz; un gesto misericordioso que los hace misioneros de la misericordia para que vayan por el mundo reconciliando a los hombres.

Queridos hermanos, estemos muy atentos porque hoy en día se han puesto de moda algunas corrientes de pensamiento, por ejemplo, la que habla de la reencarnación. ¡Cuidado! Porque hay algunos que creen que pueden ser cristianos y creer en la reencarnación. Es algo totalmente opuesto a nuestra fe. El que cree en Cristo, cree en la resurrección de los muertos y no en la reencarnación. La esencia del cristianismo está en creer firmemente en la resurrección de Jesús y en nuestra propia resurrección. Sabemos que vamos a morir pero, esta certeza no nos entristece, porque nos consuela la promesa de nuestra feliz resurrección. Ésta es nuestra fe.

¡Jesús ha resucitado! Alegrémonos hermanos y vivamos en consecuencia de nuestra fe, poniendo nuestra esperanza no en las cosas de la tierra que van a pasar, sino en las que duran para siempre. El amor es la única realidad de este mundo que durará para la vida eterna. Practiquemos el amor y entonces tendremos la vida del Resucitado entre nosotros. Como hijos de Dios, como creyentes en el Resucitado, vivamos en el amor, vivamos siendo expresión de la misericordia de Dios nuestro Señor.

¡Feliz Pascua a todos ustedes!

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán

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