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El Hombre Cibernético

Esta nota pertenece al portal Catholic.net

Por: Jesús Lozano | Fuente: Catholic.net

El científico se planteó que si lograba simular cada aminoácido, cada molécula de carbono, la cadena del DNA, las enzimas, los ribosomas, las cadenas menores de RNA, no era difícil simular un ser humano. Podía sumar cada efecto infinitesimal y obtener como resultado un cuerpo humano. Generar comportamientos tan complejos representaba retos formidables.

Bajo capacidades de cómputo de principios del siglo XXI, se requeriría una supercomputadora por cada molécula del cuerpo humano para poder simular enteramente su comportamiento. Cada átomo requiere de ecuaciones de movimiento, de energía eléctrica y magnética que determinan su estado, que cambia continuamente. Si el cuerpo humano tiene aproximadamente 30,000,000,000,000,000,000,000,000,000 átomos [1], ese es el número de super computadoras que se requieren para esta tarea. Si desde que comenzó el Universo [2], cada segundo hubiéramos construido una supercomputadora, todavía no nos habríamos acercado al número necesario. Necesitaríamos más de un millón de veces la edad actual del Universo para comenzarnos a acercar al número necesario. ¡Pero el científico nació en el siglo XXX! Con los avances en los últimos 1,000 años, ya tiene un poder de cómputo que puede simular el cuerpo humano en su totalidad.

El científico concluyó que si esta simulación se podía extender a diferentes moléculas y de ahí a diferentes células y cómo interactúan entre sí, entonces por extrapolación podía simular todo el cuerpo humano.

Con este razonamiento, el científico simuló y simuló. Fue como armar un rompecabezas surrealista. Algunas células como las de los huesos fueron relativamente fáciles. Las neuronas fueron un infierno. Nunca pudo simular la formación de sinapsis neuronales que almacenaran recuerdos o encontraran placer a partir de estímulos visuales o auditivos. Es más fácil edificar una casa a partir de una melodía. Algunos ajustes fueron necesarios. Más finalmente logró un resultado decente. Tenía un ser humano en un programa de cómputo. Le llamó el cuerpo o el hombre, según su humor, incluso a veces le decía la máquina, aunque oficialmente el nombre del proyecto era, el hombre cibernético.

El cuerpo lloraba, el cuerpo gemía, el cuerpo reía. Tenía todas las reacciones humanas, venidas en desorden, porque era un bebé nacido como adulto. En un programa de computadora.

El científico descubrió que ese ser humano podía ser adivinado en cada uno de sus movimientos. Con su programa de simulación, sabía exactamente que haría el cuerpo en el siguiente segundo, en el siguiente minuto.

El hombre no era libre. Estaba atado a las leyes de la matemática y las fórmulas. El científico delineaba su comportamiento como trazando una línea en un mapa.

¿Cómo hacer libre este ser humano? Lo primero que se le ocurrió al científico era programar alternativas aleatorias en el comportamiento de sus componentes básicos. En lugar de moverse mecánicamente según una fórmula matemática, primero lanzaba una moneda virtual. Si la moneda salía con una cara actuaba de una manera, si la cara anversa, de otra. Sin embargo era una falacia, una ilusión. El comportamiento aleatorio abre un árbol de posibilidades, pero con una computadora sofisticada se podía predecir el camino de cada una de las ramas.

El científico decía a los neófitos que había creado un ser humano cibernético con libertad. El sabía sin embargo, que su argumento no se sostenía, porque una ecuación más compleja dictaba su comportamiento. Había un árbol de posibilidades con múltiples ramas y necesariamente el hombre recorría alguna de ellas. Es más, la ecuación aleatoria no lo era realmente, porque si partía de la misma semilla [3], el camino que seguía el hombre era siempre el mismo.

El hombre no hablaba, no amaba, sólo gemía, lloraba y a veces parecía reír. Tuvo una nueva idea el científico: si lograba descifrar el entramado de conexiones neuronales que tenía en su propio cerebro, se podía replicar él mismo en el cerebro del hombre cibernético. Ya no tendría que enseñarle a hablar a su hombre, porque el hombre tendría cerebro, podría hablar. El hombre tendría su memoria, sus miedos, sus ilusiones, su entramado cerebral.

El científico hizo un mapa de su cerebro con resonancias magnéticas graduales. Después lo calcó al hombre. Esto le llevó mucho tiempo. Estaba tan cansado, que después de pasar su entramado neuronal al programa, cayó en un profundo sueño.

Cuando despertó, se trató de comunicar con el hombre. El hombre respondía mecánicamente, con precisión. ¡El científico estaba feliz! Tenía un hombre cibernético, que respondía preguntas complejas en su mismo idioma. Imagínense lo que sentiría el hombre: lo mismo que ustedes si se despiertan de pronto en otro mundo, con otros recuerdos, insertados brutalmente en una nueva realidad, con memoria y todo. Muy pronto, sin embargo, se dio cuenta de un fenómeno. El cuerpo no tenía iniciativa. No preguntaba, no bromeaba, no reía. Se limitaba a contestar preguntas. Esta vez no se requería seguir un algoritmo matemático para predecir su comportamiento: simplemente se callaba y respondía.

El científico salió ese día a su casa, cansado, contento con tener el hombre estable, aunque con la inquietud en el fondo de que su hombre todavía se comportaba como máquina. Cualquiera pensaría que lo que había creado era una máquina de inteligencia artificial, de esas que procesan estructuras del lenguaje y pueden simular llevar una conversación con una persona real. Cuando todo lo que hacen es un análisis estadístico de la frecuencia de las palabras ligado con un modelo gramatical del lenguaje, sin realmente enterarse del significado real de las palabras. Estas máquinas de inteligencia artificial de lenguaje son como un perico sobre entrenado, o como un interlocutor de mucha experiencia que sin entender una pizca de lo que oye revira preguntas y hace observaciones para mantener la conversación andando.

La gente no le creería al científico que había creado un entramado de neuronas, de huesos, de músculos cibernéticos. Todo lo que hacía el hombre era responder mecánica y sucintamente sus preguntas.

Y pasaron los días y las noches, el científico trabajó y trabajó y no logró arrancar un comportamiento humano, espontáneo, cálido del cuerpo. Una noche, al final de un día particularmente frustrante, el científico le preguntó a la máquina, ¿quieres morir? Y la máquina le contestó: sí

El científico no lo pensó más, con lástima por su creación borró la memoria de la máquina y rompió todos sus papeles de diseño. Posiblemente lo correrían del laboratorio por tirar todo su desarrollo por la borda. Se consoló pensando que así son los genios. El cuerpo, el hombre cibernético no era un ente libre. Al fin y al cabo era un entramado de ecuaciones simultáneas. A partir de cualquier estado, por complejo que fuera, su comportamiento siguiente quedaba marcado por el frío lenguaje de la matemática.

El científico salió de su laboratorio, sonrió al sentir el aire fresco y el sol golpeándole el rostro, le mentó la madre al tráfico, se rió a carcajadas, saludó de mano al primer policía que encontró y de nuevo se sintió feliz. Se dio cuenta que él era algo más que un entramado de ecuaciones.

¡Era un ser libre!

NOTAS:

[1] 3 X 1028 átomos

[2] La edad del Universo es 258 segundos

[3] semilla = número inicial que se alimenta a una función aleatoria, la cual a su vez genera una cadena de números con muy poca correlación entre sí.

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