Semana de la Familia 2015 – Martes: Los Valores de mi Familia nos Distinguen

Debemos reconocer los adultos, creyentes y no, que nuestro actuar no corresponde muchas veces a lo que pensamos, creemos y valoramos. Es decir, pensamos y creemos una cosa y actuamos de manera diferente. De alguna manera no vivimos en congruencia con lo aprendido o valorado.

También tenemos la costumbre de pensar que si nos comparamos con otras personas perdemos. De entrada vemos a otros países, otras familias, otras culturas y pensamos que son mejores por el solo hecho de ser de afuera o por tener otras cosas. Con frecuencia vemos lo bueno de los demás, que sin duda lo tienen, sin ver y valorar lo bueno que hay en nosotros, en nuestra familia y comunidad. Pasa en la música, la moda, los modismos, costumbres, etc.

La incongruencia y la falta de reconocimiento de lo bueno que hay en nosotros no quiere decir que sea permanente y que no veamos a veces lo positivo nuestro. Sin duda hacemos el esfuerzo por vivir  en congruencia con lo que pensamos, creemos y según los valores aprendidos y cada vez más, en nuestro caminar hacia la madurez, vamos cerrando la brecha de la incongruencia y de la aceptación y valoración de lo nuestro.

Ejemplos de estas situaciones las encontramos en los hogares cuando le decimos a los niños que no deben mentir, pero cuando viene el cobratario los mandamos a que digan “mi mamá no está”. Decimos a los niños que hay que estudiar, leer, etc. Pero nuestros hijos no nos ven estudiando o leyendo, solo viendo televisión y de preferencia telenovelas o programas donde se exalta lo peor de la vida de las personas convirtiéndolas en morbo. Decimos a los hijos que hay que ir a misa, pero a nosotros no nos ven participando. Decimos que hay que comer verduras y nos ven a nosotros alimentarnos mal.

Esta realidad se expresa también en situaciones más serias. Decimos que la familia y los hijos son lo más importante, y muchas veces no estamos con ellos y cuando nos reunimos es difícil el diálogo porque el partido es más importante. Sabemos que es necesario mantener viva la llama del amor con el cónyuge, y no dialogamos, estamos enojados, no pedimos perdón. Dejamos que reine el silencio y la desconfianza.

Sabemos y decimos que somos hijos de Dios e invitados por Él a una nueva vida, y permanecemos en la misma actitud de vida, ya acostumbrados al sufrimiento, a los problemas, al tedio de la vida. No dejamos que Dios haga su obra en nosotros.

Sabemos que somos parte de la Iglesia Diocesana y que debemos vivir en la fe como hermanos. Y en la realidad, no fomentamos los lazos de respeto y afecto, ya que hablamos mal del prójimo, no nos interesa su persona y lo que es peor, pensamos que  es mejor estar lejos de los demás.

En fin, son inconsistencias en nosotros y los demás por la realidad del pecado que nos divide interiormente y no permite que vivamos en consonancia con nuestra fe.

 

En el segundo día de reflexión, encontraremos que a toda familia, los valores la distinguen. Encuentra la reflexión en tu parroquia y acude junto a tu familia.