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Homilía Arzobispo de Yucatán – XXX Domingo Ordinario, “Domingo Mundial de las Misiones” Ciclo C

XXX Domingo del Tiempo Ordinario

DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES

Ciclo C

Zac 8, 20-23; 2 Tm 4, 6-8.16-18; Lc 18, 9-14.

“Todo el que se enaltece será humillado

y el que se humilla será enaltecido”. (Lc 18, 14).

“Ki’ olal lake’ex ka ta’ane’ex ich maya, kin tzik te’ex kimak woolal yetel in puksikal.  Te domingoa, tan ki’in bensik DOMUND, uka’t u ya’ale, u k’inil tu lakal maak ku bisik u Ta’an jajal Dios te’ kajalo’obo’.”

Muy queridos hermanos y hermanas, los saludo con el afecto de siempre, deseándoles todo bien en el Señor. Este domingo celebramos el DOMUND, es decir, el “Domingo Mundial de las Misiones”. En este día volvemos a tomar conciencia de que, aunque todos los bautizados somos misioneros, hay algunos hermanos y hermanas, sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos, que fueron llamados por Dios y enviados por la Iglesia para la misión “Ad gentes”, la misión a los pueblos lejanos que no conocen en absoluto la Buena Nueva del Evangelio o donde hay muy pocos cristianos. En este domingo tal como se hace desde hace noventa años en toda la Iglesia, oramos por los misioneros, reflexionamos sobre el sentido de la misión “Ad gentes”, y les enviamos nuestra ayuda. De hecho la colecta de este día es enviada en forma íntegra a tierras de misión.

En cada DOMUND el Papa envía un mensaje a todos los católicos del mundo para motivarlos a participar en esta jornada. Estando todavía viviendo el Jubileo extraordinario de la Misericordia, el Papa Francisco nos dice en su mensaje de este año, que los misioneros llevan a sus hermanos en tierras lejanas la predicación y el testimonio del amor misericordioso de Dios nuestro Señor. Dice el Papa: “Todos los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje de salvación, que es don de Dios para todos. Esto es más necesario todavía si tenemos en cuenta la cantidad de injusticias, guerras, crisis humanitarias que esperan una solución. Los misioneros saben por experiencia que el Evangelio del perdón y de la misericordia puede traer alegría y reconciliación, justicia y paz” (Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones 2016).

Es por eso que hoy escuchamos en la primera lectura al profeta Zacarías con el anuncio de la universalidad de la salvación. Los primeros discípulos en la Iglesia de Antioquía en tiempos de san Pablo, recibieron el nombre de “cristianos” y luego allí mismo, cincuenta años después de la muerte de san Pablo en tiempo del obispo y mártir san Ignacio, recibieron además el nombre de “católicos”. Poco a poco, aproximadamente desde el año 100 de nuestra era, estos apelativos fueron pasando a los discípulos de todas las comunidades, llamándose así cristianos y católicos, nombre éste último que significa “universal”. Antes de Cristo cada pueblo tenía su propia religión, y así el judaísmo era solamente de los judíos; pero en Cristo se comenzó a cumplir la profecía de Zacarías y la Iglesia empezó a recibir a hombres y mujeres de todos los pueblos.

Dice la profecía de Zacarías: “En aquellos días, diez hombres de cada lengua extranjera tomarán por el borde del manto a un judío y le dirán: ‘Queremos ir contigo, pues hemos oído decir que Dios está con ustedes’ (Zac 8, 23). En la Iglesia de todos los tiempos esta profecía se ha venido cumpliendo y continúa realizándose en la actualidad. Tal vez las noticias que tú hayas escuchado hablen del alejamiento de Dios y de la Iglesia por parte de los jóvenes de hoy; tal vez tú tengas esta impresión por lo que ves a tu alrededor.

Es cierto que hay enemigos de la Iglesia que piensan hacerla desparecer e invierten tiempo, dinero y esfuerzos inteligentes para lograrlo, pero considerando las cifras y estadísticas mundiales, el número de cristianos y católicos no ha disminuido sino que va en aumento, lo mismo que las vocaciones sacerdotales y las vocaciones a la vida religiosa. Es verdad que en los países tradicionalmente católicos las estadísticas van en declive, no así en tierras de misión donde cada vez hay más y más cristianos católicos, y más y más vocaciones, lo cual debe animarnos para seguir llevando la Buena Nueva aquí mismo con los alejados de la fe.

Tener un corazón católico nos debe llevar a interesarnos por los problemas del mundo entero, por la paz, por la justicia, por todos los hombres y mujeres que salen huyendo de sus países a causa de la guerra, la violencia o la pobreza. Un corazón auténticamente católico no puede ser anti-inmigrante. Los tiempos que vivimos son tiempos de grandes migraciones forzadas. Naturalmente todos somos un tanto racistas y nacionalistas, pero desde la inteligencia y sobre todo desde la fe, somos capaces de reconocer la dignidad de cada ser humano y en cada migrante reconocer a un hermano nuestro, a un hijo de Dios que espera nuestra ayuda y/o al menos aceptación.

En los Estados Unidos, uno de los candidatos a la presidencia ha logrado despertar el racismo norteamericano en una gran parte de la población. Gane o no la presidencia, el mal ya está hecho y existe la amenaza de que continúe agitando el rechazo hacia los mexicanos y hacia todos los inmigrantes de los lugares de pobreza del planeta. ¿Tengo realmente abierto mi corazón a todos los hijos de Dios?, ¿soy misionero de la misericordia con la gente de otros pueblos?

Otro pensamiento clasista es el de aquellos que piensan que el mundo se divide en dos partes: de un lado los buenos y del otro lado los malos. Por supuesto que quien piensa así se pone del lado de los buenos. Aún por motivos religiosos, hay muchos que se sienten superiores a los demás y de eso nos habla el Evangelio de hoy, donde Jesús nos presenta a dos hombres que suben a orar al templo, uno de ellos era fariseo, es decir, un estricto conocedor y cumplidor de la Ley de Moisés, reconocido como perfecto religioso; y el otro de ellos era un publicano, es decir, un cobrador de impuestos, un traidor a su pueblo por su actitud servil al dominador romano, y por buscar su propio beneficio económico, un pecador reconocido.

El fariseo va al frente del templo y de pie erguido, da gracias a Dios por ser un fiel cumplidor de la ley y por no perecerse a ese publicano que está por ahí. En cambio el publicano, se queda atrás y postrado no se atreve a levantar la cabeza y sólo se golpea el pecho diciendo: “Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador” (Lc 18, 13). Jesús concluye la parábola diciendo que el publicano bajó a su casa justificado mientras que el fariseo no, pues: “Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido” (Lc 18, 14).

En muchas ocasiones los pensamientos y criterios del hombre no coinciden con los de Dios. En todo su ministerio petrino, el Papa Francisco ha estado tratando de llevarnos a todos al pensamiento y criterio de Dios. Él se ha esforzado por quebrar o doblegar el duro corazón farisaico que existe en muchos de nosotros cristianos, que nos lleva a creernos perfectos y con derecho a pensar que somos superiores a los imperfectos. Sin justificar el divorcio, nos ha hecho mirar como hermanos a los divorciados vueltos a casar, aunque no les demos el sacramento de la Eucaristía. Aunque no llamemos matrimonio a la unión de personas del mismo sexo, él nos ha invitado a ver a estas personas como nuestros hermanos, hijos de Dios, a quienes no nos toca juzgar. Igualmente nos ha invitado a acercarnos a los que piensan diferente a nosotros, y a los hombres y mujeres de otras religiones apreciando todo lo bueno que hay en ellos, como signos del Evangelio que está en ellos aún sin llegar a creer. Un corazón católico está siempre abierto a los demás y siempre es misionero de la misericordia.

En la segunda lectura tomada de la segunda Carta de san Pablo a Timoteo, el Apóstol con toda humildad declara la verdad sin poses, contemplando ya próximo su final. Dice: “Para mí ha llegado la hora del sacrificio y se acerca la hora de mi partida” (2 Tim 4, 6). Si todos sus años de apostolado fueron de fatigas, de riesgos, de azotes, de cárceles, de persecuciones, ahora habla del sacrificio final, de su martirio, que será la hora de su partida. Muchas veces el Señor quiso librarlo de la muerte, pero ahora el Señor le hace saber que llega su hora.

Cuántos hay que refutan toda clase de sufrimientos, y piensan que una vida plenamente feliz es la que se vive en la salud, en la abundancia de bienes, en medio de éxitos, y en la que no tiene cabida el dolor. Pablo ha sufrido con amor y por amor a Cristo y a su Iglesia, por eso no es soberbia ni fatuidad que él diga: “He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe” (2 Tim 4, 7). Este es un testimonio humilde ante su discípulo que busca seguir sus pasos. Por eso atribuye todos sus logros espirituales al Señor.

Y tú, ¿luchas en el combate de la fe?, ¿o simplemente te dejas llevar por las circunstancias, por tus amigos, por tus apetencias del momento, por las ideas de moda? Y tú, ¿hacia qué metas vas corriendo? Ojalá todos corramos a la misma meta de todo cristiano, que es el mismo Cristo. Pablo fue un gran misionero, movido por dos fuerzas interiores aparentemente contrarias, su deseo de partir de este mundo para estar ya con Cristo, y su deseo de permanecer en el mundo para continuar evangelizando (cfr. Fil, 1, 23-24).

Hay familias enteras en tierras de misión. Familia: ¡Considera esta posibilidad y si no es para ti, no dejes de ser misionera aquí y ahora! Jóvenes: ¡Consideren la posibilidad de ir a tierras de misión como sacerdotes, religiosos, religiosas o laicos comprometidos, y si el Señor no les hace ese llamado, consideren cuál misión les confía aquí como sacerdotes, consagrados o laicos! Abramos nuestro corazón católico a la gente de todos los pueblos sin discriminaciones. Abramos nuestro corazón católico a todos, sin juzgarlos por su manera de vivir.

¡Que tengan una feliz semana! ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán