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Homilía Arzobispo de Yucatán – XXII Domingo Ordinario Ciclo C

XXII Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C

Eclo 3, 19-21; Heb 12, 18-19; Lc 14, 1.7-14.

 

“El que se humilla, será engrandecido” (Lc 14, 11)

 

Kimak in woll  ta wetle’ex lake’ex, ta ta’anex ich maya, kin tzik te’ex kimak woolal yetel in puksikal. U Ta’an Jajal Dios, te domingoa, ku ta’anko’on utial ka kinbensik u yootzilil.

[Muy queridos hermanos de lengua maya, les saludo con afecto. La Palabra de Dios en este domingo nos llama a practicar la humildad.]

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludó con el afecto de siempre. El pasado fin de semana, antes de entrar en la Asamblea del Consejo Episcopal Latinoamericano y de estar ahora en la celebración del Jubileo de la Misericordia del CELAM, aquí en Bogotá, estuve un par de días en Quito, Ecuador, clausurando una experiencia que duró quince días, para jóvenes con liderazgo social católico. Fueron 22 jóvenes de 14 países distintos, enviados por sus conferencias episcopales, por sus “Cáritas Nacionales” o por la Pastoral Juvenil Latinoamericana.

El Programa se llamó “Jóvenes Líderes Gestores de una Nueva Sociedad”. Los temas fueron tres: “Liderazgo Ético y Participativo”, “Doctrina Social de la Iglesia” y “Desarrollo de Proyectos”. Al final cada joven nos presentó un programa que va a desarrollar en su propia nación, y les ayudamos a afinar sus proyectos, además de que se les dará seguimiento virtual para verificar su ejecución final en favor de otros jóvenes o de los pobres en general.

Me quedé maravillado al conocer la grandeza espiritual de esos jóvenes, que unen a sus capacidades y su entusiasmo juvenil, su fe en el Señor Jesús y su amor a la Iglesia. Pero sobre todo, por el bien que cada uno hará en su país después de esta experiencia fraterna, que los llevó igualmente a compartir con una comunidad en extrema pobreza.

Recuerdo una anécdota curiosa que puede ilustrarnos: “En el año de 1892, un señor de unos 70 años viajaba en tren junto a un joven que leía un libro de ciencias. Él – aquel señor mayor- también leía un libro que ocultaba bajo una portada negra. El jovencito curioso no paró de mirar hasta descubrir que era la Biblia el libro que su acompañante de viaje leía. Para más señas, el Evangelio de san Marcos era la parte por la que se encontraba abierta aquella Biblia. El chico ante tal descubrimiento miró al viejo y sin más le dijo: ‘Señor, ¿de verdad usted todavía cree en ese libro lleno de fábulas y cuentos?’ ‘Sí, pero no es un libro de cuentos, es la Palabra de Dios. ¿Estoy equivocado?’ ‘Claro que lo está. Creo que usted señor debería estudiar historia universal. Vería que la Revolución Francesa ocurrida hace más de cien años, mostró la miopía de la religión.

Únicamente las personas sin cultura todavía creen que Dios hizo el mundo en seis días. Usted debería conocer un poco más lo que nuestros científicos dicen de todo eso’. ‘¿Y cree usted que es eso lo que nuestros científicos dicen sobre la Biblia?’ El joven contestó: ‘Como voy a bajar en la próxima estación, no tengo tiempo de explicarle, pero déjeme su tarjeta con su dirección para mandarle material científico por correo con la máxima urgencia’. El anciano entonces, con mucha paciencia, abrió cuidadosamente el bolsillo derecho de su bolso y le dio su tarjeta al muchacho. Cuando éste leyó lo que allí decía, salió cabizbajo, sintiéndose peor que una ameba. En la tarjeta decía: ‘Profesor Doctor Luis Pasteur, Director General, del Instituto de Investigaciones Científicas Universidad Nacional de Francia’.”

Además del dinero también los conocimientos científicos  pueden ser una causa de orgullo en quien los tiene. Cuando un joven va avanzando en la ciencia, puede llenarse de orgullo y sentirse superior a sus padres y abuelos. No son pocos los que se apartan de la fe en Dios al progresar en el conocimiento. Pero la verdadera ciencia no se opone a la verdadera fe, y cuando parecen oponerse, no se está comprendiendo alguna de las dos o las dos.

Cuando un joven añade a su ímpetu y a sus conocimientos la fe en Dios, se conserva humilde y puede considerar que la ciencia le ayuda a entender un poco más del obrar de Dios. La ciencia le hará avanzar en la fe en el Dios eterno y omnipotente y nunca se sentirá superior a los demás. Un anciano conservará su corazón siempre joven gracias a la fe en Dios, y todos debemos saber que la fe no nos quita el compromiso del estudio y la investigación.

Este domingo la Palabra de Dios nos habla del valor de la humildad. Aún por sabiduría práctica y por conveniencia, nos conviene no ensalzarnos a nosotros mismos y tener la humilde paciencia de esperar a que sean los otros los que reconozcan nuestras cualidades y méritos. Para las relaciones interpersonales y para crear buenos ambientes grupales nos conviene dedicarnos más bien a elogiar a los demás y ayudarlos a sentirse bien, antes que dedicarnos a hablar bien de nosotros mismos. Pero si lo hacemos por fe en Dios, a quien reconocemos como la fuente de todas las cualidades y méritos, y lo hacemos por amor a nuestro prójimo, tenemos una motivación mucho mayor y trascendente, y un gozo que nadie nos puede arrebatar.

Dice Jesús en el evangelio de hoy: “El que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla será engrandecido” (Lc 14, 11). También Jesús nos recomienda invitar a nuestros banquetes a quienes no tienen con qué correspondernos, porque entonces se nos pagará cuando resuciten los justos. La verdad es que además de esa esperanza de recompensa en la eternidad, tenemos la satisfacción inmediata que produce hacer el bien a los necesitados.

Los 22 jóvenes de esa experiencia en Ecuador, tuvieron la oportunidad de experimentar esa satisfacción al convivir en una comunidad muy humilde, al compartir su trabajo y su comida sencilla. Y lo mismo sucede a todos los jóvenes que de buena gana van a algún apostolado a atender a los pobres, a atender a los necesitados. El apostolado juvenil es una oportunidad de crecimiento humano y cristiano.

El mundo que vemos no siempre ha sido así como es ahora. El mundo lo podemos cambiar para bien. Podemos recuperar valores que antes eran comunes. Necesitamos más jóvenes bien preparados en la ciencia y fuertes en su fe, dispuestos a servir a Dios y al  prójimo. Esos son los líderes que necesitamos, verdaderos servidores de los demás. Necesitamos jóvenes líderes, gestores de una nueva sociedad.

Que tengan una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

 

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán