Homilía Arzobispo de Yucatán – XIV Domingo Ordinario Ciclo C

Muy queridos hermanos y hermanas, al llegar a este domingo XIV del Tiempo Ordinario, abrimos el mes de julio. Una felicitación que debemos dar todos este 3 de julio, es a Mons. Emilio Carlos Berlie Belaunzarán al celebrar 50 años de vida sacerdotal. La misa de acción de gracias la tendremos el día 21 de julio en el “Centro de Convenciones Yucatán Siglo XXI”, pero hoy es la fecha precisa de su aniversario y por eso, ofrezcamos la Eucaristía por él. ¡Nuestra oración por mi hermano, el Arzobispo Emérito!

 

En estos últimos tiempos se han suscitado en México varios conflictos magisteriales que han derivado en violencia, incluso en muertos. Ya en varias ciudades, en varios rumbos del País, abundaba la falta de paz, la violencia, la inseguridad; pero ahora tristemente muchos hermanos y hermanas nuestros están en riesgo porque han querido manifestarse en contra de una iniciativa de ley como lo es la Reforma Educativa. Es muy importante en estos tiempos un diálogo abierto, un diálogo sincero en el que las autoridades y los maestros puedan llegar a acuerdos sustanciales que puedan finalmente dejar a todos contentos y en paz, para que se acaben ya estas manifestaciones que lamentablemente han derivado en violencia.

 

Una de las características del Reino de Dios es precisamente la paz. El Reino siempre está acompañado de la paz; es decir, para que el Reino de Dios esté presente en una persona, en una casa, en una ciudad, es necesario que Dios mismo en persona se haga presente; que le hagamos lugar en nuestros criterios, en nuestros pensamientos, en nuestras palabras, en nuestra forma de actuar. Cuando un hombre y una mujer de fe realmente creen en el Señor y abren sus puertas, viene a él, viene a ella la paz del Señor. La paz es una promesa mesiánica anunciada desde antiguo por los profetas.

 

Hoy escuchamos en la primera lectura tomada del profeta Isaías: “Yo haré correr la paz sobre ella” (Is 66, 12), es decir, sobre Jerusalén como un río, y la gloria de las naciones como un torrente desbordado. Es acción de Dios el traer la paz, pero a los hombres nos toca poner las condiciones para que Dios pueda enviarnos su paz, para que Dios venga con su presencia.

 

El domingo pasado la Palabra de Dios nos hablaba acerca de las vocaciones, de la vocación de todos a la libertad, y específicamente de la vocación particular de los profetas y de los ministros del Evangelio. Hoy en el evangelio de san Lucas tenemos el envío de los setenta y dos discípulos que tienen que seguir con fe el mandato del Señor Jesús e ir a donde él les indique. En primer lugar tienen que orar, y todos también hoy tenemos que orar porque la cosecha es mucha y los trabajadores son pocos; tenemos que seguir rogando como el Señor lo recomendaba desde aquel entonces, al dueño de la mies, que envíe trabajadores a sus campos.

 

De igual manera, al momento que estamos pidiendo que el Señor envíe trabajadores a su mies, tenemos que escuchar la otra palabra que sigue: “¡Póngase en camino!” (Lc 10, 3). También nosotros tenemos que ponernos en camino. ¿Cómo podemos hoy en día, cada uno de acuerdo a su estado de vida, ponernos en camino?; ¿cómo podemos nosotros verdaderamente comportarnos como corderos en medio de lobos? El Señor no quiere enviarnos como lobos, sino como corderos.

 

Él nos quiere enviar en la pobreza, sin dinero ni morral ni sandalias; no hace falta esto para pregonar el Reino de Dios. El contenido del mensaje de aquellos discípulos y de los discípulos de hoy debe ser el mismo: “Que la paz reine en esta casa” (Lc 10, 5). La gente de paz recibirá este mensaje, y no depende todo absolutamente de nosotros; la obra es de Dios pero es necesario que aquellos que son invitados a recibir la paz abran su corazón y la reciban. Este es el contenido fundamental del mensaje del Reino de Dios. El Señor promete a los enviados que no les faltará nada mientras realizan su misión, porque el trabajador tiene derecho a su salario, y esa paz debe llegar en primer lugar a las casas, es decir a las familias. ¡Cuánto hace falta hoy en día llevar la paz de Dios a tantas familias a las que no la tienen!

 

Si nosotros colaboramos para que la paz de Dios se siga anunciando, para que siga llegando a las personas, a los hogares, a nuestra sociedad, no debemos alegrarnos de nuestros resultados. Los discípulos cuando volvieron de aquella misión se alegraban porque hasta el mismo Satanás obedecía y se sometía al escuchar el nombre de Jesús. El Señor les decía a aquellos discípulos y nos dice a nosotros que si hoy trabajamos por difundir su paz, debemos alegrarnos más bien de que nuestros nombres estén escritos en el cielo.

 

¿Quieres que tu nombre esté escrito en el cielo? Trabaja por la paz. Independientemente de la respuesta de los que te rodean, trabaja por la paz, todos estamos llamados a alcanzarla, y somos enviados a nuestras familias, a nuestros espacios de trabajo, a nuestras escuelas, a nuestros lugares de convivencia, para llevar la paz que Dios nos ofrece, primero personalmente a nosotros, para que luego la compartamos con los demás.

 

Trabajemos por la paz pues a México le hace falta la paz. Dios quiera que nuestras autoridades y los maestros lleguen a ponerse finalmente de acuerdo para que esta guerra sin sentido se acabe, para que venga la paz a todo México y finalmente, esa paz se proyecte también a interior de las escuelas.

 

Hoy escuchamos a san Pablo hablar de la cruz. Él dice que su gloria es precisamente la cruz: “No permita Dios que yo me gloríe en algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal 6, 14). Los judíos y algunos nuevos cristianos también ponían su orgullo en el signo de la circuncisión y estos nuevos cristianos querían exigirles a otros que venían del paganismo, el mismo signo de la circuncisión.

 

Pero san Pablo nos hace ver que lo exterior no importa, lo que importa es lo interior, el sometimiento a la voluntad del Señor, el abrazar su cruz. Él si tiene un signo exterior y lo lleva en su carne, son todos los signos de los tormentos, la marca de los sufrimientos que dejaron en su cuerpo. Nosotros también podríamos gloriarnos con toda humildad delante de Dios de las penas que hemos pasado, de las enfermedades que vamos afrontando, de la cruz que nos ha tocado cargar, de eso sí nos podemos gloriar; todo lo demás, los méritos, los logros, los éxitos, tenemos que atribuirlos al Señor, pues es obra de Dios que nos ha dado semejantes bendiciones; y las luchas y los sufrimientos son la cruz de Cristo que hemos podido abrazar.

 

San Pablo era un hombre que vivía en paz y que transmitía el mensaje de la paz y así es como lo anunciaba a todos los que lo seguían. Él saludaba así: “Hermanos, que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con ustedes” (Gal 6, 18). Esta es la paz y la misericordia de la gracia de Dios, como dice él.

 

Hermanos, que todos vivamos en esa paz practicando la misericordia que viene de Dios. Que tengan todos una feliz semana.

 

¡Dios los bendiga!

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán