Homilía Arzobispo de Yucatán – XIII Domingo Ordinario Ciclo C

XIII Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
1 Re 19, 16. 19-21; 13,1 ; Gal 5, 1. 13-18; Lc 9, 51-62.

“Tu ve y anuncia el Reino de Dios ” (Lc 9, 60)

Muy queridos hermanos y hermanas, los saludo con el afecto de siempre deseándoles todo bien en el Señor. Ahora las lecturas del domingo XIII del tiempo ordinario nos están hablando de la vocación. Generalmente cuando hablamos de la vocación, pensamos en los jóvenes; y aprovecho la oportunidad para saludar a todos los jóvenes, en especial a los adolescentes que están todavía en una etapa de discernimiento, pensando qué es lo que Dios quiere de cada uno de ustedes. Piénsenlo así, no se trata solamente de elegir lo que más me gusta, sino de pensar bien qué es lo que Dios me pide; de qué manera voy a servir a la comunidad, a la sociedad y a la Iglesia.

“Vocación” es una palabra que significa “llamado”, y se trata de un llamado de parte de Dios. Muchachos pongan mucha atención, no piensen en la carrera que más dinero les va a producir, tampoco solamente en sus gustos, sino que piensen en esto: ¿Cuál es mi propósito de vida? ¿Qué es lo que Dios espera de mí?

Porque la vocación es para todos: fuimos llamados a la vida, a la Iglesia y a la santidad; es un llamado común. Escoger una carrera es elegir, es darnos cuenta y descubrir el llamado que Dios nos hace para encontrar la manera concreta en que vamos a servir a nuestros hermanos. Hay llamados que son más fuertes, que implican toda nuestra existencia, por ejemplo la vocación al Matrimonio. Ésta también es una vocación, no se trata solamente de una decisión valiente, sino de la elección de seguir lo que Dios nos está inspirando.

San Pablo en la segunda lectura tomada de la carta a los gálatas nos dice: “Su vocación, hermanos, es la libertad” (Gal 5, 13). Todos estamos llamados a la libertad, no al libertinaje. ¿En qué sentido san Pablo habla de libertad? En el sentido de no ser esclavos de nada ni de nadie, ni mucho menos de la esclavitud del pecado, pues de ella nos vino a liberar nuestro Señor Jesucristo mediante su muerte y resurrección. Por eso los hombres y mujeres de Dios somos libres si hemos de verdad superado la esclavitud del pecado.

En la primera lectura se nos habla de la vocación del profeta, porque Dios le indica a Elías que unja a Eliseo como su sucesor, como nuevo profeta (cfr. 1 Re 19, 16. 19-21). Con el simbolismo de echar el manto encima, Eliseo lo entiende todo, pide la oportunidad de despedirse de su familia, ofrece un sacrificio y está contento de que Dios lo haya llamado; y la carne sacrificada la comparte con su familia.

Todos los que son llamados a una vocación extraordinaria tienen un gozo interior muy grande, que quieren compartirle a todos los suyos; y eso es lo que le pasó al profeta Eliseo. Seguramente los jóvenes que están decidiendo ingresar al Seminario este año andan con un gozo indecible, increíble. Recuerdo aquella época en que me tocó esperar mi entrada al Seminario; era de una intensa alegría, nada de tristeza, si alguien está triste por ser llamado, entonces seguramente no es llamado. Uno de los signos de la vocación es la alegría.

En el Evangelio vemos también a varios llamados o varios que creen ser llamados, y en esta ocasión, a un hombre que le dice a Jesús: “Te seguiré a donde quiera que vayas”. Pero Jesús advierte que este hombre buscaba seguridades económicas y materiales, y le dice que no tiene nade que ofrecerle, que las zorras tienen sus madrigueras pero que “el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lc 9, 58). Este no es el camino de quien quiera una seguridad económica. El Señor no ofrece esas seguridades sino que promete otras mayores, como la certeza espiritual de la amistad con Dios, o la garantía del tesoro que nos espera en el Reino.

A otro Jesús le dijo: “Sígueme” y ese hombre le contestó: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre” y Jesús le da una respuesta que puede parecernos muy fuerte: “Deja que los muertos entierren a sus muertos” (Lc 9, 59-60). No es que ese hombre tuviera a su padre tendido en ese momento, sino que primero quería terminar el compromiso con sus papás y después ir a servir al Señor. Fijémonos como este hombre puso inmediatamente un obstáculo. Si empezamos así el seguimiento de Cristo, vamos por mal camino, pues no deben haber pretextos. Debemos estar confiados en que si él nos llama, él velará por nuestra familia, por nuestros padres y por nuestros intereses.

Dios espera siempre una respuesta afirmativa, rotunda y contundente. En el tercer caso le dijo otro: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Y Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9, 61-62). Nos puede parecer un poco fuerte.

Les cuento una anécdota de un amigo sacerdote de Monterrey. Cuando era aún seminarista, lo enviaron a estudiar a Roma, pero poco antes de salir, le informaron a su mamá que tenía un cáncer del que no se iba a recuperar y que pronto iba a fallecer. Estoy hablando del año 1980. Entonces el rector del Seminario le dijo a este muchacho: “piénsalo bien porque esto de tu mamá es serio y no se va a recuperar; piénsalo porque ya no habrá otra oportunidad de ir a estudiar”. Cuando el llegó a su casa y abrió la recámara de su mamá, ella estaba en cama y lo primero que le dijo fue: “Nadie que toma el arado y mira hacia atrás es digno del Reino de los Cielos”, y además le dijo: “Te están enviando a Roma, vete y no te detengas”. El muchacho tuvo que aceptar el envío que también su madre le hizo. Se fue a Roma a estudiar y cuando apenas llevaba un mes ahí, su mamá fue llamada por el Señor.

No solo se requiere la fortaleza y la fe del que es llamado, sino también las de la propia familia. En el caso de Eliseo, vemos que fue a despedirse de sus familiares, a compartirles toda esa alegría vocacional, sin embargo esto no fue un pretexto o un obstáculo para dejar de seguir al Señor. Si Dios te pide algo, sea lo que sea, ¡dile que sí inmediatamente!, vale la pena. Nuestro Señor no se deja ganar en generosidad; verás cómo tarde o temprano llegará su respuesta, cómo él te fortalecerá para la decisión que hayas tomado y además te dará signos de bendición por haberle dicho que sí.

¡Sigamos adelante! Sé que muchos de ustedes se han involucrado en grupos a favor de la familia, que están en contra de la propuesta presidencial del matrimonio igualitario. Sé que se han aliado con otras iglesias y otros grupos sociales, ¡adelante! Esta obra es de Dios y debe continuar. Todos estamos llamados a defender la familia según el plan de Dios y a defender la responsabilidad que le corresponde a los papás; en primer lugar, de la educación de sus hijos; y sabemos que, en todo caso, las autoridades juegan un papel subsidiario en esta educación. La primera decisión y la responsabilidad es siempre de los padres. Sigamos pues el llamado de Dios y sirvamos a nuestra familia.

¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán