Homilía Arzobispo de Yucatán – XI Domingo Ordinario Ciclo C

XI Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C

2 Sm 12, 7-10. 13 ; Gal 2, 16. 19-21; Lc 7, 36-8,3.

 “Tus pecados te han quedado perdonados” (Lc 7, 48)

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con afecto y les deseo todo bien en el Señor.

Todos sabemos que a Jesús lo llamaban “Hijo de David” porque su ascendencia venía desde el rey David. Son varias las profecías que anunciaban al Mesías, durante novecientos años, afirmando que nacería de la descendencia del segundo rey de Israel, el que liberó al pueblo israelita de todos sus enemigos y que conquistó Jerusalén, la Ciudad Santa; a quien además genéricamente se le atribuye la autoría de los ciento cincuenta salmos con los que Israel oraba y la Iglesia ora hasta hoy.

Tal vez muchos no han leído el pasaje del segundo libro de Samuel, que este domingo aparece en la primera lectura, donde se narra el terrible pecado de David. Luego de cometer adulterio, el rey llega hasta el asesinato del esposo de la mujer con la que pecó. El asesinado se llamaba Urías, un hombre fiel a su rey y a su ejército, pero que estorbaba a la buena fama del rey y a su deseo de la mujer (cfr. 2 Sm 12, 9).

¿Cómo es posible que Dios haya perdonado este pecado? Si nosotros fijamos la mirada en el pecado nos escandalizamos y sentimos el impulso de condenar a David para siempre. Pero cada vez que un pecador se arrepiente, Dios abre su corazón de Padre y perdona. Porque el ser humano creado por amor y para amar, creado para el bien, en el momento en que se arrepiente no se identifica con lo que hizo sino con lo que es, es decir, un hijo de Dios hecho para obedecer a Dios en el amor. No veamos el pecado, no veamos sólo al pecador, contemplemos al Dios misericordioso y con su mirada podremos mirar al pecador sin condenarlo. Por todo eso, todavía hoy decimos: “el santo rey David”.

Pero Dios no perdona a nadie que no quiera ser perdonado, siempre se necesita que el pecador reconozca su pecado. Y si peca mil veces, que mil veces se arrepienta. Como ha dicho el Papa Francisco: “Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón” o tal vez nos justificamos sin reconocer nuestro pecado. Quizás nuestra conciencia dejó de funcionar poco a poco cuando dejamos de hacerle caso y ya no conocemos el remordimiento. Pero si nos proponemos, podemos hacerla funcionar de nuevo con la gracia de Dios.

En el evangelio de este domingo Jesús no niega ni ignora los pecados de la mujer que lava sus pies con su lágrimas y los enjuga con su cabellera. De hecho, Él dice: “Sus pecados, que son muchos, le quedan perdonados…” (Lc 7, 47). El Señor perdona todos los pecados de la mujer, por su sincero arrepentimiento. Seguramente, si Jesús no la hubiera perdonado, ella hubiera regresado a sus pecados. Jesús le dice, como hoy lo hace cada sacerdote al final de la Confesión: “Vete en paz”. El perdón del sacramento de la Reconciliación nos da paz y nos da fuerza para no pecar más. Sin embargo, si nosotros nos acercamos de nuevo a la ocasión de pecado, tarde o temprano volveremos a caer.

Cuánto valor tiene esa mujer que se mete en la casa del fariseo donde sabe que no es bienvenida y que posiblemente sería maltratada. Pero se arriesga porque ha escuchado a Jesús, o ha oído hablar acerca de él, y ella confía en que es una persona misericordiosa y que seguramente la perdonará, porque ha perdonado a muchos y porque predica anunciando a un Dios misericordioso, a quien presenta con la imagen de un padre que espera a su hijo que se ha ido de casa, y donde será recibido con una gran fiesta en cuanto vuelva.

La actitud del fariseo que invitó a Jesús a comer es de falsedad, pues lo invitó no como amigo sino como un juez que quería observarlo y juzgarlo. En su interior soportó que la mujer pecadora entrará en su casa, sólo para comprobar si Jesús era o no profeta. Jesucristo no pasó la prueba del fariseo, pues según su criterio, los buenos deben rechazar a los malos y Jesús no rechazó a la pecadora. Nuestro Señor sí sabía quién era esa mujer y cuál era su comportamiento. Lo que no veía el fariseo era el corazón de aquella mujer y todo su arrepentimiento.  Hoy en día también existe mucha gente que se cree perfecta en su actuar y con derecho a juzgar y clasificar a los demás. Sin embargo el espíritu humano es dinámico y cambiante. Lo que vemos de las personas son como fotografías de un momento de su vida, pero de la noche a la mañana la gente puede hacer cambios radicales para bien o para mal. Sólo Dios quien conoce el corazón humano, puede ver la evolución interior que Él mismo provoca o intenta dirigir hacia el bien, porque siempre respeta la libertad de sus hijos.

Por otra parte en la segunda lectura, san Pablo subraya la gratuidad de la salvación. Lo único bueno que él y que cualquier persona puede hacer, consiste sólo en creer y confiar en el Señor. Porque nadie merece nada delante de Dios, sino que todo es gratuito de su parte. Si hacemos el bien es por la gracia de Dios y si hacemos el mal y nos arrepentimos de verdad, es la gracia la que nos mueve a la conversión. San Pablo se ha identificado a tal grado con Jesús, que con autenticidad puede decir: “Estoy crucificado con Cristo. Vivo, pero ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). ¿Podrás tú o podré yo alguna vez decir lo mismo que San Pablo, identificándonos a ese grado con Cristo Jesús? Hacia esa meta deberíamos caminar para que nuestros pensamientos, palabras y obras, sean según el Señor.

Anticipo mi felicitación a todos los papás por el “Día del Padre” que celebraremos, Dios mediante, el próximo domingo. Los invito para que ese día en cada parroquia y en cada familia, celebremos una jornada en favor de la familia, según el plan de Dios. Los sacerdotes les darán la guía para esta celebración. No dejemos de apoyar ese plan divino sobre la familia, para contrarrestar la agenda internacional de los que atentan contra ella.

¡Sea alabado Jesucristo! Feliz semana.

 

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán