Homilía Arzobispo de Yucatán – El Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi) Ciclo C

El Cuerpo y la Sangre de Cristo
(Corpus Christi)
Ciclo C
Gn 14, 18-20; 1 Cor 11, 23-26; Lc 9, 11-17.

“Denles ustedes de comer” (Lc 9, 13)

Muy queridos hermanos y hermanas, dentro de la Semana Santa tenemos la celebración de la doble institución, tanto de la Eucaristía como del Sacerdocio. En nuestra Arquidiócesis adelantamos al Miércoles Santo la misa crismal, la celebración del Sacerdocio de Cristo en la persona de los presbíteros, quienes renuevan ahí sus promesas sacerdotales, y a la vez consagramos el Santo Crisma con el que es ungido el pueblo sacerdotal; y luego el Jueves Santo en la misa de la Cena del Señor, celebramos la institución de la Eucaristía.

El jueves posterior a la fiesta de Pentecostés conmemoramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote. Luego el siguiente jueves, celebramos “Corpus Christi”, el Sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo. Es como retomar la celebración de la Semana Santa, ahora en dos jueves, primero Cristo Sacerdote y ahora Cristo Eucaristía.

En la lectura del Génesis, nuestro padre Abraham viene de una batalla victorioso y sale a su encuentro un sacerdote misterioso (cfr. Gn 14, 18). ¿De dónde viene? ¿Cuál es su descendencia? ¿Cuál es su ascendencia? No lo sabemos. El pueblo de Israel todavía no se había formado. Apenas es una promesa eso de que Abraham será padre de un gran pueblo. ¿De dónde sale pues ese sacerdote Melquisedec, rey de justicia y de paz?

Se trata de una figura misteriosa y más aún lo es la ofrenda que presenta, porque era una época en la cual se sacrificaba a las personas. Había pueblos en los que se ofrecían a los propios hijos, a los primogénitos. Otras culturas ofrecían a los enemigos capturados en las guerras, en las batallas, eran pues sacrificios humanos. Más adelante se sacrificaría a los animales, pero este sacerdote Melquisedec hace una ofrenda de pan y vino, un sacrificio insólito y a la vez profético, casi dosmil años antes de Cristo, para celebrar la victoria de nuestro padre Abraham.

En la última Cena, después de haber cumplido con todo el ritual judío del cordero pascual, Jesús tomó pan y dijo a sus discípulos, dándoselo después de la acción de gracias: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes”, y luego hizo lo mismo con el cáliz lleno de vino, dio gracias y lo entregó a ellos diciéndoles: “Este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre. Hagan esto en memoria mía siempre que beban de él” (1 Cor 11, 24-25).

Aquí estamos, haciendo esto en memoria del Señor. Realmente cada Eucaristía es memoria de Cristo, de su sacrificio, de su entrega. Hoy tenemos una solemnidad especial para dar gracias por el Cuerpo y la Sangre del Señor. Él quiso quedarse entre nosotros, se dio una vez en la cruz y se sigue entregando una y mil veces a cada uno de nosotros a través de los años y los siglos.

Hemos escuchando en este evangelio cómo Jesús multiplicó los panes para alimentar a una multitud. Varias veces lo hizo para darle de comer a sus seguidores, pero es muy importante sobre todo, el mandato que le dio a los Apóstoles. Ellos le decían “Despide a la gente para que vayan a los pueblos y caseríos a buscar alojamiento y comida…”, pero Jesús respondía: “Denles ustedes de comer” (Lc 9, 13). Es una tarea para los Apóstoles y también para nosotros.

Cada vez que escucho a alguien que antes de comer reza y le dice a nuestro Señor: “Dale de comer a los pobres”, me parece escuchar a Jesús que les dice: “Denles ustedes de comer”. Es tarea nuestra la de hacer llegar el pan de cada día a nuestros hermanos necesitados. Y si participamos de este banquete eucarístico, debe aumentar nuestro compromiso de fraternidad, de solidaridad con los que menos tienen.

Que el Señor aumente nuestra fe y nuestra devoción a su presencia Eucarística, pero que también aumente nuestra devoción a él presente en la persona de los hermanos que tanto nos necesitan. Que así sea.

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán