Homilía Arzobispo de Yucatán – Domingo de Pentecostés Ciclo C

Domingo de Pentecostés

“El Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre,  les enseñará todas cosas y les recordará todo cuanto les he dicho” (Jn 14, 26)

Ciclo C

Hch 2, 1-11; Rm 8, 8-17; Jn 14, 15-16. 23-26.

 

En este gran día, culmen de la Pascua, Solemnidad de Pentecostés, quiero antes que nada felicitar a las maestras y maestros de todo el Estado de Yucatán, ya que se da la feliz coincidencia de la fiesta del día del Maestro con nuestra fiesta cristiana de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. El Espíritu Santo, entre otros nombres y adjetivos, ha sido llamado “el Maestro interior”, pues los creyentes tenemos la seguridad de que de Él nos vienen las buenas inspiraciones, y que él nos ilumina y fortalece para realizar toda obra buena.

Además sabemos que el maestro no puede hacer nada sin contar con la voluntad y el esfuerzo del alumno; de otro modo, nuestro mundo sería totalmente distinto. ¡Felicidades, maestras y maestros! Ojalá que por medio del Espíritu de Sabiduría pronto se terminen las graves diferencias que existen en el conflicto magisterial a causa de la así llamada reforma educativa, y que cada una y cada uno, puedan seguir adelante con esta preciosa y valiosísima vocación. Su tarea es fundamental para llevar a México y a nuestro Estado adelante, sobre todo en lo referente a la formación en los valores, que nosotros creemos que, siendo auténticamente humanos, serán al mismo tiempo auténticamente cristianos.

Pentecostés (del griego πεντηκοστή ‘quincuagésimo’) es el término con el que se define la fiesta cristiana del quincuagésimo día después del Domingo de Pascua de Resurrección. Se trata de una festividad que pone término al tiempo pascual y que configura la culminación solemne de la misma Pascua, su colofón y su coronamiento.

A los cincuenta días de la Pascua, los judíos celebraban la fiesta de las siete semanas (cfr. Ex 34, 22), que en sus orígenes tenía carácter agrícola. Se trataba de la festividad de la recolección, día de regocijo y de acción de gracias (cfr. Ex 23, 16) en que se ofrecían las primicias de lo producido por la tierra. Más tarde, esta celebración se convertiría en recuerdo y conmemoración de la Alianza del Sinaí, realizada unos cincuenta días después de la salida de Egipto. Esta fiesta judía, celebrada en tiempos de Jesús, atraía a muchos judíos de la “diáspora”, es decir, los que habitaban en países extranjeros y a muchos prosélitos (simpatizantes del judaísmo), que acudían a Jerusalén pero que hablaban en su propia lengua.

La primera lectura de este día, tomada del libro del los Hechos de los Apóstoles, nos narra el acontecimiento cristiano de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles tal como lo había anunciado Jesús. Eran como las nueve de la mañana cuando “se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban” (Hch 2, 2). Tengamos en cuenta que la palabra hebrea “ruaj”, además de significar “viento”, también significa “aliento de vida” o “espíritu”. Recordemos que el Creador habiendo formado una figura de polvo, sopló sobre él su “ruaj”, su aliento de vida, creando al primer hombre, y le dio su espíritu para hacerlo a su imagen y semejanza (cfr. Gn 2, 7). Recordemos que Cristo resucitado en su primera aparición a los apóstoles, luego de ofrecerles la paz, “… sopló sobre ellos y les dijo: reciban al Espíritu Santo…” (Jn 20, 22), haciendo sobre el acto creador un acto RECREADOR en el cual otra vez el viento o aliento de vida es señal del Espíritu. En la Misa Crismal cuando el obispo consagra el santo crisma, sopla su aliento sobre el aceite de oliva, invocando al Santo Espíritu sobre el signo con el que serán ungidas las frentes de los bautizados y confirmados, las manos de los nuevos sacerdotes y la cabeza del nuevo obispo.

“Aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos” (Hch 2,3). También el fuego es signo de la presencia divina en el antiguo testamento, como cuando el Señor bajó al monte Sinaí (cfr. Ex 19, 18). Juan el Bautista había dicho que Jesús nos bautizaría con el Espíritu Santo y su fuego (Mt 3,11). El fuego purifica los campos de raíz para hacer nuevas siembras. El fuego calienta para guardarnos de las “heladeces” de este mundo. El fuego ilumina el camino para no perdernos.

“Se llenaron todos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu les inducía a expresarse” (Hch 2, 4). Los apóstoles llenos del Espíritu salieron valientes anunciando la buena nueva de Jesús a la multitud que se había reunido al escuchar el ruido del viento, y aunque hablaban diversos idiomas, cada uno entendía el mensaje en el suyo propio. Este es un signo de catolicidad, pues “católico” quiere decir “universal”, y aún hoy en día, el mensaje se anuncia en muchísimas lenguas. Ese día se bautizaron unas tres mil personas.

El Espíritu Santo, tercera persona de la santísima Trinidad, es Dios verdadero, pues es “Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas” (cfr. Credo Niceno-constantinopolitano). En el libro de los Hechos de los Apóstoles aparece como el protagonista que va conduciendo a los apóstoles de un lado a otro fortaleciéndolos y llenándolos de sabiduría para la misión. En los Evangelios, especialmente en el de san Lucas, el Espíritu Santo aparece conduciendo las vida de varios personajes, comenzando por María, la Madre de Jesús; y luego, aparece ungiendo a Jesús en su bautismo y conduciéndolo en su ministerio de salvación.

En el pasaje de la Última Cena según san Juan, que aparece en el Evangelio de este día, Jesús vuelve a prometer a los apóstoles el Espíritu Santo que su Padre les enviará, y lo llama “Paráclito” y “Espíritu de la verdad” (cfr. Jn 14, 16). El término “paráclito” tiene varias posibles traducciones, tales como “abogado”, “intercesor”, “maestro”, “ayudante”, “consolador”; todos estos significados se justifican en la riqueza del concepto “paráclito”, y se complementan entre sí, porque en verdad el Espíritu es todo eso para nosotros. Hoy en día hace mucha falta el Espíritu de la verdad, en medio del terrible relativismo en el que a cada individuo se le atribuye su propia “verdad”, negando la posibilidad de la “gran Verdad” y las grandes verdades que dan razón de nosotros y de todo cuanto existe.

Jesús también afirma que el Espíritu Santo nos enseñará todas las cosas y nos recordará cuanto nos ha dicho. El Espíritu, como los maestros, enseña al que se deja enseñar. Pero si tú lo invocas a diario en cada circunstancia de la vida, Él te iluminará para que sepas lo que Dios quiere y espera de ti, lo que es en realidad mejor para ti y los que te rodean. También te recordará las palabras de Jesús, aunque para eso hace falta conocerlas previamente. Si no haz leído los santos Evangelios, te invito a hacerlo y a tomar la costumbre de leer al menos un capítulo por día, son breves y mucho te iluminarán; e incluso si vas leyendo los propios de la liturgia de cada día, será mucho mejor.

En la segunda lectura, san Pablo en su carta a los romanos, nos invita a vivir una vida “conforme al Espíritu”, ya que el Espíritu habita verdaderamente en nosotros (cfr. Rm 8, 9). Para ser de Cristo necesitamos tener al Espíritu, y teniéndolo, Él nos dará la vida. Es con la ayuda del Espíritu que podemos destruir nuestras malas acciones (¡cuánta falta hace el Espíritu Santo en México, para que destruya tantas malas acciones!). Somos hijos de Dios cuando nos dejamos guiar por su Espíritu; y así Él dará testimonio de que en verdad lo somos.

¡Que este nuevo Pentecostés renueve la faz de la tierra! ¡Feliz semana! ¡Sea Alabado Jesucristo!

 

 

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán