Homilía Arzobispo de Yucatán – 50 Aniversario del Consejo Pontificio Justicia y Solidaridad

50 Aniversario del Consejo Pontificio Justicia y Solidaridad

Jueves de la X Semana del Tiempo Ordinario

1Re 18, 41-46; Mt 5, 20-26.

 

“Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 20)

Eminencias, excelencias, hermanos y hermanas participantes en este encuentro, todos muy queridos en Cristo nuestro Señor.

La justicia que nuestro Señor Jesucristo vino a traer a este mundo supera con mucho a la justicia legalista de los escribas. Hoy como siempre, en el mundo se cometen muchas y muy grandes injusticias en nombre y al amparo de las leyes humanas. La justicia que trajo Cristo al mundo supera también con mucho a la justicia de los fariseos, la cual queda sólo en la apariencia y en lo exterior para guardar y salvar la imagen de quien gobierna o dirige un grupo humano.

Con la Exhortación “Amoris Laetitia”, al igual que en todo su magisterio, el Papa Francisco ha estado constantemente llamando a la Iglesia, y en particular a sus pastores, a superar todo legalismo y todo  fariseísmo para salir más bien al encuentro de todos con una actitud de justicia evangélica.

Con la autoridad de quien lleva el Evangelio en el corazón y en su propia vida, los cristianos estamos llamados a trabajar por la justicia y la paz en el mundo entero. Somos conscientes, según nos enseña la Escritura (cfr. Is 32, 17) y el magisterio del Papa Pío XII, de que la auténtica paz es fruto de la justicia. ¡Cuánta violencia bélica, criminal o social, se acabaría procurando la justicia dónde está faltando!

Por otra parte, construir la paz significa no sólo evitar la muerte de un ser humano, sino todo aquello que conduce a la muerte. Por eso Jesús en el evangelio de hoy incluye en el quinto mandamiento, como pecados dignos de castigo, el enojarse, el ofender y el despreciar al prójimo (cfr. Mt 5, 22).

En la diócesis en que un servidor estaba anteriormente había y hay mucha violencia e inseguridad a causa de la presencia del crimen organizado. Y conscientes de la necesidad de transformar nuestra sociedad desde su raíz, pudimos impulsar un programa en algunos colegios llamado “Escuela Libre de Violencia Constructora de Paz” en la que niños, adolescentes, maestros y padres de familia, hacían compromisos para liberar a sus escuelas y familias de todo tipo de expresión de violencia. Ese programa continúa, pero lamentablemente no se logró generalizarlo en todos los colegios. Creo que en el mundo entero hace falta educar a los niños y a los jóvenes sobre el valor y dignidad de cada persona humana, pues el individualismo, el materialismo y el relativismo de moda en el pensamiento actual, han hecho que se pierda el sentido del valor de la vida de los demás.

Un culto auténtico supone que quien presente su ofrenda esté reconciliado con su hermano, tal como Jesús lo enseña en el Evangelio. Pero tal vez nosotros estemos contribuyendo a que haya tantas conciencias anestesiadas que participan de los sacramentos como momentos emotivos, pero que no trascienden a transformar su vida en orden a hacer justicia a sus hermanos. La reconciliación siempre es constructora de paz. Por otro lado,  también he visto sacerdotes que no cumplen con las mínimas leyes de justicia para con sus trabajadores, por ahorrarse un poco de dinero. En casos como estos, también los pastores estamos celebrando un culto que no es auténtico ante el Señor y con una consciencia anestesiada.

El Señor nos apremia para solucionar los conflictos: “Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino” (Mt 5, 25). Yo interpreto a ese adversario como mis propios resentimientos, egoísmos, ambiciones y de sentimientos negativos que luchan dentro de mí y que me animan a cometer toda clase de injusticias. “Arreglarnos” para mí significa mantener a raya a esos malos sentimientos de modo que prevalezcan en nosotros acciones de justicia, de paz y de amor para los que nos rodean; en pocas palabras, para tomar a cada paso la decisión de amar.

Los que gobiernan nuestros pueblos estarán siempre necesitados de una palabra profética de los pastores de la Iglesia, que oriente sus acciones. Algunos buscan de nosotros adulación o la simple aceptación y respaldo a sus acciones y decisiones, y nosotros pastores muchas veces les damos eso que esperan de nosotros. Al igual que el profeta Elías quien con valor y autenticidad hablaba al rey, quien no quería escuchar, sino sólo lo que Dios le inspiraba; los pastores de hoy estamos llamados a alejarnos de la adulación y a dar palabras proféticas a nuestros gobernantes, llenas de respeto por el papel que desempeñan, pero sobre todo, llenas de verdad sobre lo que es justo para los pobres de este mundo y lo que traerá paz para todos.

Sea alabado Jesucristo.

 

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán

 

Presidente del Departamento de Justicia y Solidaridad

del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)