Discurso Bienvenida Encuentro UNIAPAC 2016

XIII Encuentro de Diálogo entre Obispos y
Empresarios del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)
y la Unión Nacional Cristiana de Dirigentes de Empresa (UNIAPAC),
en la ciudad de Monterrey, con el tema:
“La Empresa Constructora de Paz”.

DISCURSO EN LA CEREMONIA DE INAUGURACIÓN

“Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9).

Muy queridos hermanos arzobispos y obispos, muy queridos hermanos miembros de UNIAPAC, venidos todos de distintos lugares de América Latina. En nombre del Sr. Cardenal Rubén Salazar Gómez, Arzobispo de Bogotá y Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), doy a todos ustedes la más cordial bienvenida a este XIII Encuentro de Diálogo CELAM-UNIAPAC, con el tema:

LA EMPRESA CONSTRUCTORA DE PAZ

Ante todo doy gracias a nuestro anfitrión, el Sr. Arzobispo de Monterrey, Don Rogelio Cabrera López, que nos recibe en este precioso lugar de su Arquidiócesis de Monterrey, llamado “El Refugio”, que suele ser un espacio donde se encuentran principalmente los sacerdotes de Monterrey para sus reuniones, sus ejercicios espirituales o sus cursos de formación permanente; pero también han venido sacerdotes de otras diócesis, lo mismo que equipos nacionales de sacerdotes; del mismo modo los obispos de México venimos a este lugar una vez al año, y los obispos de esta provincia eclesiástica tienen aquí varias reuniones al año. Sin embargo, algunas empresas rentan estas instalaciones para reuniones de sus empleados.

Ahora “El Refugio” fue elegido para realizar este XIII encuentro Entre obispos y empresarios, CELAM-UNIAPAC. Siendo originario de esta tierra, estoy particularmente feliz de que nos encontremos aquí, gozando de la naturaleza y apuntó de reflexionar sobre un tema que me llega mucho al corazón, el de la construcción de la paz.

Desde hace nueve meses soy arzobispo de Yucatán, cuya ciudad sede, Mérida, ha sido recientemente calificada como la ciudad más segura de México. Pero del 2008 al 2015, fui obispo de Nuevo Laredo, en la frontera con los Estados Unidos, cuya sede y territorio es de los más violentos e inseguros, y que en los años 2010 al 2012, vivió el mayor baño de sangre de su historia.

Como Iglesia diocesana, propusimos la oración por la paz, contenida en el documento de los obispos mexicanos del 2010, “QUE EN CRISTO NUESTRA PAZ, MÉXICO TENGA UNA VIDA DIGNA”. Toda la gente recitaba esta oración de memoria al final de las misas, pero también las estaciones de radio y televisión pasaban a diario esta oración tan sentida.

Por otra parte, a todos los sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos, nos tocaba llevar consuelo a los que sufrían, pero particularmente a los que tenían seres queridos desaparecidos, pues este dolor y angustia es mayor aún que la misma muerte. Encontramos alguna técnica grupal que servía a la gente para sacar a flote sus sentimientos difíciles, para luego enfrentarlos de una manera más positiva.

Hicimos varias manifestaciones públicas en favor de la paz, incluso en forma ecuménica, unidos a otras iglesias cristianas, o en encuentros con dirigentes de otras religiones. Pero queriendo ir más allá de todo esto, ayudados por la UNIVA de Guadalajara, se hizo una investigación profesional de la realidad que vivíamos, que, entre otras cosas, arrojó que en esos años emigraron a la ciudad de Laredo, Texas, en los Estados Unidos, cerca de 100,000, personas, de los más altos recursos económicos, cansados de los secuestros, extorsiones y asesinatos que habían sufrido en sus familias y negocios. Podrán ustedes imaginar el quiebre económico en que cayó la ciudad de Nuevo Laredo. Varias maquiladoras se retiraron de la ciudad. Y no llegó ninguna otra empresa.

Además, la investigación concluyó con la propuesta de formar un Observatorio de la calidad de Vida, integrado por representantes de distintos sectores de la sociedad, agentes aduanales, transportistas, ganaderos, empresarios, etcétera. Logramos integrar dicho Observatorio, y teníamos ya la infraestructura de trabajo en TAMIU, la Universidad de Texas, pero en unos cuantos días el grupo se disgregó, suponemos por el gran miedo que reinaba en el ambiente.

Hubo una acción que inició en un colegio y luego pasó a otros siete colegios de Nuevo Laredo, esta fue el proyecto de la “Escuela Constructora de Paz, Libre de Violencia”, que lamentablemente no pudimos hacer llegar a la escuela pública, pero que gracias a Dios continúa en estos ocho colegios y en muchos centros de catecismo.

Mi intención como obispo fue la de involucrar a toda la sociedad en la construcción de la paz, y no esperar que todo bajara del cielo, y mucho menos, de la represión de las fuerzas armadas. Siempre insistí en que había que “resetear” a la sociedad, y que esto implicaba un fuerte trabajo con los niños y jóvenes para que no se resignaran ni mucho menos se asumieran a la triste realidad de la violencia e inseguridad, sino que siempre soñaran con la esperanza de que un mundo diferente es posible.

Disculpen que haya usado este espacio para contar mi testimonio. Sé de antemano que la situación de inseguridad y violencia no se siente por igual en nuestros pueblos y ciudades, al grado de que muchos viven como si no existiera, y nunca fuera a entrar esto en su espacio. Pero somos un sólo mundo, y más aún, somos un sólo continente, y lo que sucede en un lugar nos afecta realmente a todos. También donde ahora me encuentro, se comienzan a palpar signos de presencia del crimen organizado y de descomposición social, al grado de que el Estado ha iniciado con un plan que llama “Escudo Yucatán”, donde quiere involucrar a toda la sociedad para participar. Por nuestra parte, ya estamos presentando la experiencia de la “Escuela Constructora de Paz, y Libre de Violencia”.

Creo sinceramente, que en estos días, los obispos y los empresarios de Latinoamérica, podremos enriquecernos con reflexiones y compromisos en orden a la construcción de la paz. A la empresa le conviene que sus colaboradores lleguen a su trabajo con la necesaria paz interior para concentrarse en lo que deben hacer. Muchas veces el trabajador vive en medio de la violencia doméstica, o de la violencia social del barrio donde habita, o trae la preocupación en su mente a causa del bullying que alguno de sus hijos sufre en su escuela. Creo que a la empresa le conviene un entorno de paz, que no le condicione su estabilidad laboral o la seguridad de sus dirigentes.

Antes de llegar a Nuevo Laredo yo no entendía muy bien la bienaventuranza de los que trabajan por la paz, ni por qué algunos santos, como Santa Rita de Cassia, se distinguieron por su trabajo en favor de la paz. Pero ahora estoy convencido de que toda la vida cristiana es un trabajo en favor de la paz: paz en los corazones, paz en las familias, paz en las escuelas, paz en los centros laborales, paz en las calles de nuestras ciudades, paz en las empresas y desde las empresas. Seguramente, muchos de ustedes podrán enriquecernos con sus experiencias, pero Dios nos ha de iluminar con su Espíritu para llegar a las conclusiones que no podemos anticipar. ¿Cómo podemos contribuir a la construcción de la paz en nuestras naciones? De eso vamos a hablar.

Muchas gracias.

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán